Tapenade
Llega un momento, ya sabes, en el que olvidas a las peluqueras. Las peluqueras hacen cosquillas cuando tienes quince, o dieciséis, quizá llegas a los diecinueve y alguna peluquera aún te ronda los veranos de costa, quizá incluso algún amigo tuyo se casa con una de ellas o le hace el primer niño de la pandilla, pero para entonces tú ya sólo eres el del dolor de cuello, y el dolor de tu cuello es insoportable. Es una de las cosas por las que las olvidas, definitivamente, como el niño que suelta un globo en una habitación con el techo alto y luego sale corriendo por la puerta de la calle.
A las mujeres les pasa con los profesores de arte, por aquello de la edad y la madurez y el morbo de los despachos, o con los típicos chicos malos que se sientan en el fondo de la clase. Por lo menos le pasaba a ella, que me dice que se ha vuelto de chicos buenos. No que esté cansada de los malos, simplemente que le pasa lo mismo con ellos que con el perfume; por qué dejarse las venas en los barrios bajos.
No le cuento mi teoría de las peluqueras por miedo a que se ría. Me río yo por dentro y recorto la frase por los bordes, como hacía con el pan,
(olvidas a las peluqueras, que antes te hacían tanta gracia porque te rozaban las ideas con las yemas de los dedos, y te regalaban cosquillas cerca de la nuca y era muy agradable dormirse en ellas, mecido por el agua en proceso de secado y el olor del champú de peluquería, pero mucho antes de los ve(i)nte lo sabes y luego un día lo encuentras y)
cuando lo encuentras de verdad te das cuenta; cuando tropiezas con algo que no te había pasado nunca y para lo que no tenías ni siquiera un eje de coordenadas en la cabeza, que te deslumbra tanto al principio que tienes que cerrar los ojos y cuando los abres ya lo tienes dentro y es como haber descubierto la electricidad
(porque es capaz de escribirte canciones en diez minutos en pantalón corto en tardes sin maquillar y porque no te ronda las veces, sino que te abraza las ideas, hasta que crecen, y las rodea de aire, y te regala las cosquillas de dentro, las-cos-qui-llas-de-den-tro, que se convierten en escalofríos que se terminan convirtiendo en fuegos artificiales que sólo ella, que está paseándote las venas de rojo en el techo de la habitación, puede ver. Y que no es nada, ni peluquera, ni doctora, ni profesora de universidad, porque puede ser en cada momento lo que quiera y lo puede ser todo a la vez)
Como ella, que no es ella, ya lo sospecha, sólo le cuentas una parte y para cambiar de tema le recuerdas el nombre del paté de aceitunas que anoche no lograba recordar, como el niño del arrugado cenicero de barro que sonríe a un padre perfecto.
A las mujeres les pasa con los profesores de arte, por aquello de la edad y la madurez y el morbo de los despachos, o con los típicos chicos malos que se sientan en el fondo de la clase. Por lo menos le pasaba a ella, que me dice que se ha vuelto de chicos buenos. No que esté cansada de los malos, simplemente que le pasa lo mismo con ellos que con el perfume; por qué dejarse las venas en los barrios bajos.
No le cuento mi teoría de las peluqueras por miedo a que se ría. Me río yo por dentro y recorto la frase por los bordes, como hacía con el pan,
(olvidas a las peluqueras, que antes te hacían tanta gracia porque te rozaban las ideas con las yemas de los dedos, y te regalaban cosquillas cerca de la nuca y era muy agradable dormirse en ellas, mecido por el agua en proceso de secado y el olor del champú de peluquería, pero mucho antes de los ve(i)nte lo sabes y luego un día lo encuentras y)
cuando lo encuentras de verdad te das cuenta; cuando tropiezas con algo que no te había pasado nunca y para lo que no tenías ni siquiera un eje de coordenadas en la cabeza, que te deslumbra tanto al principio que tienes que cerrar los ojos y cuando los abres ya lo tienes dentro y es como haber descubierto la electricidad
(porque es capaz de escribirte canciones en diez minutos en pantalón corto en tardes sin maquillar y porque no te ronda las veces, sino que te abraza las ideas, hasta que crecen, y las rodea de aire, y te regala las cosquillas de dentro, las-cos-qui-llas-de-den-tro, que se convierten en escalofríos que se terminan convirtiendo en fuegos artificiales que sólo ella, que está paseándote las venas de rojo en el techo de la habitación, puede ver. Y que no es nada, ni peluquera, ni doctora, ni profesora de universidad, porque puede ser en cada momento lo que quiera y lo puede ser todo a la vez)
Como ella, que no es ella, ya lo sospecha, sólo le cuentas una parte y para cambiar de tema le recuerdas el nombre del paté de aceitunas que anoche no lograba recordar, como el niño del arrugado cenicero de barro que sonríe a un padre perfecto.
Escrito por el_hombre_que a las 10:07


9 Comments
Era eso... No me habría reído de lo de las peluqueras. O sí pero por lo del horrible dolor de cuello, que comparto.
Y a mi nunca me han gustado los cabrones. Los malotes que se sientan al fondo de la clase no tienen por qué ser cabrones y me siguen gustando (ya sabes, esos que se turnan con sus compañeros de curro para trabajar un día y librar 4)
A mi me ha gustado muchísimo, y eso que no soy la ella que es ella...
En fin, qué gracias. Por lo del tapenade, claro
Escribo antes de leerlo. Qué alegría que vuelva esto. Lo de París es un cliché que está presente en muchas vidas que veo, la tuya con la guitarrita y la librería está en la retina.
¿Ves? Esto es una cosa que es "como las de antes", pero mejor.
Te debo una disculpa la próxima vez que nos veamos (léase, en el próximo recital).
Esto si que es un regreso.
"cuando tropiezas con algo que no te había pasado nunca y para lo que no tenías ni siquiera un eje de coordenadas en la cabeza, que te deslumbra tanto al principio que tienes que cerrar los ojos y cuando los abres ya lo tienes dentro y es como haber descubierto la electricidad"
No podría ni comentarlo, pero asusta un poco eso de "encontrar" algo que supere esas cosquillas en la nuca de las primeras veces.
Qué alegría volver a leerle, don Roberto. Antes le encontraba casualmente en las calles amarillas y ahora me sorprende con peluqueras y cosquillas en su (casi) olvidado blog.
Se le echaba de menos.
Jo...snif snif...qué bonito, no sé quién es ella, pero debe estar muy emocionada...me encanta volver a leerte. Sabes que te sigo queriendo, no? vendrás a la obra de teatro del 24 de abril? anda, dime que sí...y Tito? Vendréis luego de cañas? Un abrazo con roce en las orejas. :-*
Hay veces que piensas ojalá... y ocurre. Y aquí estás... escribiendo de nuevo. Me alegro de volver a verte.
Anaïs
Esta tarde lo pensaba.Pensaba que echaba de menos tus entradas, no sé por qué pero me vino a la cabeza. Y al encender el ordenador he pensado: Quizás ha vuelto o a escrito algo, aunque sea pequeño. Y he descubierto que sí, que a veces mi intuición no me falla y que me alegro tanto de poder volver a encontrar tus letras en este rincón. Y no cito la frase que ha citado dr. Feelgood porque ya la ha citado él y no quiero repetirme, pero olé, olé y olé.
me encanta que tu regreso sea así...capaz de ponerme la piel de gallina...
gracias (por no marcharte nunca y volver siempre)
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